La Ciudad Mariana


La tierra privilegiada escogida por la Santísima Virgen para su aparición milagrosa, fue Salazar de las Palmas, floreciente población de Norte de Santander, Colombia, fundada en 1583 por el capitán español, don Alonso Esteban Rangel.


Antigua como la conquista, nació entre la mente de aborígenes y de conquistadores. Tres veces fue fundada y destruida por los indios chitareros; a pesar que su cuna se empapo de sangre, pronto se hizo grande hasta ocupar un puesto celebre en la geografía y escribir páginas de gloria en la historia de la patria. Tienen sus calles una caprichosa reminiscencia hispánica; pero están colmadas de comercio, pues las entrañas de sus campos son fecundas y por todas partes florecen los cafetos y las plantaciones.


Los habitantes son profundamente religiosos, tradicionalmente acogedores. Todo en Salazar tiene un sello mariano. La devoción a nuestra señora es la razón de ser de la cuidad que comparte con su celestial patrona las penas, las amarguras y los castigos, las esperanzas, los triunfos y las glorias. Salazar es la ciudad mariana del Norte de Santander


                                         


ORIGENES


Los clarines de los conquistadores habían llenado los valles con gritos de guerra. La fiereza de los indios Cínera se hizo indomable en todas partes. En las encomiendas hispánicas, en los salones del virreinato de la Nueva Granada, en la corte de España se hablaba de la bravura de los chitareros que defendían con fanatismo y desesperación la inviolada grandeza de sus selvas vírgenes.


 


Zulia, princesa real y capitana de los ejércitos aborígenes, encontró una noche a la luz de la luna, colgado de un árbol, el cadáver del cacique Cínera, su padre. Enferma de venganza y después de un triunfo cruel y efímero sobre los españoles buscó una cita con la muerte en el calle de los chitareros de Pamplona. Descendiente de esta tribu, famosa en los anales de la historia de la patria, vivía una indiecita, allá por los años de 1671. Habitaba una choza de juncos en la encomienda de Salazar, dedicada al cuidado del hogar.


 


Instruida por la enseñanza del misionero recibió por el bautismo el nombre de Catalina. Desde entonces nació en su alma una devoción profunda y tierna a la santísima virgen a quien llamaba en su lenguaje de india ingenua: "Señora Divina". Acostumbraba a lavar la ropa en el riachuelo que pasaba por ahí muy cerca de la choza. Las horas se le pasaban tranquilas y mientras golpeaba la ropa contra la piedra y echaba agua y más agua, su imaginación volaba a la "Señora Divina" de quien tanto hablaba el misionero de la encomienda.


 


Cuatrocientos años hace que comenzó la historia de la población y desde entonces ha sido manifiesta la protección constante de la Virgen de Belén. El demonio ha desencadenado sus diabólicos designios y siempre la virgen ha aplastado su cabeza infernal.


Tres veces fue destruida por los indios chitareros, y fue reconstruida por los españoles que presentían un porvenir. En dos ocasiones el demonio armó de audacia satánica manos criminales para el robo sacrílego y un lago de lagrimas reparadoras lavó con penitencias hasta el recuerdo.


Aprovechó el demonio los cambios políticos para despertar pasiones criminales y corrieron lagrimas y hogares y esperanzas rodaron en un montón de llamas y ceniza, pero la virgen de Belén hizo triunfar la paz y olvidar las venganzas. En las pestes y epidemias, en las inclemencias del tiempo y el castigo de los terremotos, salva la ciudad y devuelve la salud y la vida. Cuando el demonio ciega la mente y hace vil e ingrato el corazón de algún hombre para revivir barbaries, actualizar venganza y manchar con sangre el nombre limpio de la ciudad, La Virgen de Belén provocó un plebiscito emocionado de reparación, impone la justicia, hace reinar la caridad entre los fieles que abren la puerta para la honestidad y el corazón para el perdón.


La iglesia católica ha celebrado el año mariano con motivo del primer centenario de la definición del dogma de la inmaculada concepción; y a la parroquia ha querido ofrecerle a su celestial patrona la virgen de Belén la restauración del santuario mariano en un hogar para la madre del cielo, como una prueba de amor de sus hijos agradecidos; es un palacio para La Reina como un reconocimiento de su realeza universal, es una corona y un cetro de oro para aceptar su señorío y someterse a sus propios preceptos para cumplir su voluntad e imitar sus virtudes, para cantar atributos y asegurar su salvación eterna.


 

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