El Trono




En el fondo del presbíterio enchapado en marmolina y engastado en hojillas de oro, se levanta el precioso altar severo y elegante, en sus líneas, litúrgico y piadoso, encendido de luces, inmaculado de pétalos, arropado de damascos y linos y recogiendo en pabellón de suplicas hacia el cielo, surge el trono de la virgen de Belén, de estilo refinado y máxima seguridad, un derroche de molduras y arte, un triunfo de belleza y amor.

 

Resplandece en el centro, iluminado por pantallas de luz indirecta, el lienzo del milagro, objeto de todos los amores y de todas las esperanzas en un marco de plata, bruñido de oro con molduras simbólicas en alto relieve. Sobre el mato azul oscuro, brillan engastadas cuarenta luceritos de oro. Diamantes, topacios y amatistas, aguamarinas, rubíes y zafiros blancos, rubíes rosa, perlas y esmeraldas obsequiadas por los fieles, palpitan como gotas de luz en la corona de oro purísimo, estilo Damasco que descansa sobre su frente divina, y en el centro también de oro que lleva en sus manos símbolo del señorío de la Virgen de Belén sobre su pueblo. Arriba, en un fondo azul, como un pedazo de cielo brilla una gran estrella de cristal y al fondo inmensos cuadros murales escriben en colores y pinceles la historia de las apariciones. A la derecha en la parte superior aparece el paisaje autentico del cerro La Trinidad y el manantial de la Belén, una choza de juncos donde vivía la indiecita Catalina. Enseguida la buena mujer lava la ropa en un remanso del río. Después Catalina en éxtasis de amor contempla el lienzo iluminado por la Virgen de Belén. A la izquierda el personaje ingles con botas de explorador e instrumentos científicos contempla el cuadro de la virgen y guarda en su memoria un recuerdo imborrable. Enseguida una tempestad desgarra los mástiles y abre un abismo. Otro cuadro representa el mar en calma y la nave que milagrosamente sigue su ruta. Arriba una procesión solemne en la que el misionero español de la encomienda conduce triunfante el milagrosos lienzo desde la choza de Catalina hasta la villa de Salazar. Enfrente los milagros de la virgen: paralíticos que andan, ciegos que ven, amenazados que se salvan y pecadores que se convierten.